Londres. Libertad.
Caminar, sentir el aire fresco atravesando mi ropa, abrigarme. Avanzar hacia el metro y ver a mi derecha a los repartidores de propaganda de restaurantes tailandeses, al borracho barbudo, a gente merodeando para entrar en la biblioteca de Camden. Que a mi izquierda, mi reojo ya acostumbrado no advierta la estación de King's Cross y las ajetreadas vidas que entran y salen de ella.
El metro y sus cambios de temperatura. Mi estado de ánimo corretea entre las calles subterráneas, ejercitándose más que si lo hiciera en el exterior, y aprende a mantenerse en forma. Un estado de ánimo constante. Intuiciones rutinarias que me conducen a los mismos asientos. Rodeada de caras desconocidas y que analizo con curiosidad cada mañana, cada mediodía, cada tarde, cada noche.
Y un día, sola entre la multitud, cansada y aparentemente incomunicada con el mundo... me llega un mensaje. Mi estado de ánimo dibuja curvas. Picos de felicidad. Montañas. Nubes. Soles. En mi cara se refleja el artístico cuadro que ha dibujado en un minuto un simple mensaje. Es una cara sonriente y estresada.
Ahora estoy preparada para que mi estado de ánimo salga a la superficie. Corremos hacia alguna parte, con una misma meta: el remitente del mensaje.
Londres. Libertad.
Desde el humo
No me puedo centrar. ¿Dónde está? ¿Por qué se ha ido?
Necesito un relajarme... me tiemblan las piernas y la cabeza me va a estallar de tanto hacerme preguntas que nadie me responde.
Ahí está C, dirigiendose hacia la puerta, preparado para la ocasión con el cigarro detrás de la oreja. Cómo me gustaría cambiarme por alguno de ellos, parece todo tan sencillo... sé que posiblemente no lo es, pero parecen tan felices con ellas, parece que todo les va tan bien...
Llego a casa y lo único que quiero hacer es fumar, fumar y esperar. Esperar a que todo vuelva a ser como al principio. Volver. Con ella. Con ellos. Que en la cocina se escuchen risas, y no sólo las de mi hermana con sus amigas encerradas en su cuarto.
Mejor dicho, lo único que no quiero es llegar a casa. Pero tengo que enfrentarme a la vida, asi que lo hago. Infructuosamente.
Ella también podría enfrentarse a la vida. Lo único que ha hecho ha sido refugiarse de la vida conmigo. Y arañar las paredes del refugio que creó entre mis brazos, clavarme las uñas marcando cada uno de los días en que nos aislábamos del mundo juntos. No me las puede ver nadie, pero luzco sus heridas, algunas han cicatrizado, otras son recientes.
Bajo las escaleras con C; no puedo esperar para salir fuera y dejar que la nicotina calme mis atormentados pensamientos. Recorremos el pasillo a paso rápido. Sólo se escuchan nuestros pasos, el roce del chándal, y las voces deliberadamente aniñadas (esas con las que las arpías disimulan su condición) de algunas chicas que están en aulas libres.
Y entonces, capto una imagen de reojo. Su figura, sin dudarlo. Esa que han dibujado tantas veces mis manos, la que conozco con mis cinco sentidos. Está al final de la clase, concentrada.
Sus piernas están retorcidas sobre la silla de una manera tan descuidada que me resulta sutil. Inconscientemente seductora. La falda se le sube, aunque no le gusta, pero no cree que la esté viendo nadie. Se equivoca.
Tiene un boli en la mano, y en la otra apoya su cabeza. Juguetea distraídamente. Mordisquea la punta del boli, la acaricia con su lengua, la rodea con sus labios...
Desvío la vista y continuo. Continuo mi camino. Mi vida. Y ella se queda atrás, convirtiéndose en un puntito cada vez más pequeño y lejano.
Humo
Salgo, y estas ahí. No te he vuelto a dejar entrar. Tampoco sé si lo has intentado, pero no me importa. El caso es que salgo, y estás delante de la puerta, como siempre dedicándote a asuntos de poco provecho, manejando papel. El papel de las cartas que te estás jugando, y el papel del cigarrito de la risa que te estás fumando.
No tengo recuerdos nítidos de tu persona. Quizás porque siempre te dibujaba emborronado entre el humo del que viven tus pulmones. Quizás porque borré ya tu dibujo y no pienso rehacerlo, ni tengo ganas de perfeccionarlo a mi manera. Es un caso perdido, de esos en que desistes, en los que sientes que una fuerza superior a ti te absorbe sin remedio, haciéndote avanzar hacia atrás como los cangrejos.
Ahí estás, en la cafeteria. Con "tu gente", como los sueles llamar. Ese tipo de gente que nunca fuiste y siempre deseaste ser, parece que es una de las pocas cosas que te has propuesto y has conseguido en tu vida. Oh, perdona que te hable así, pero es que tengo tan poca fe en ti... francamente. Sabes, y sabe todo el mundo a estas alturas, que por defecto o virtud soy muy franca.
Le doy poco juego al desconcierto. La impaciencia no congenia con las dudas.
Al otro lado de la cafetería, o simplemente en todos los lugares en que no estás tú, brilla la clara luz de la mañana, extraño en estos días de otoño... aunque para ti están nublados hasta en verano.
Y sabes que a mí no me gusta ponerme bajo los nubarrones. Así que ignoro las miradas de "tu gente", me veo reflejada en tu absurda mirada, siento no haber podido evitar meterme en tu incoherente sistema central (en el que pocas de tus neuronas se centran); y sin pronunciarme verbalmente, me dirijo hacia la luz.
Esa que sólo se ve cuando se tiene un poquito de fuerza de voluntad.
romper
Me siento tan frágil... que una simple caricia me rompería en mil pedazos.
Estúpida.
Inútil.
Ingenua...
No sé si es que el mundo no está hecho para mi o yo no estoy hecha para el mundo. Todo el camino recorrido apenas me ha servido. Y no distingo por dónde seguir. El barro lo empastra todo.
¿Qué hago? ¿Insensibilizarme otra vez ante todo lo que me rodea? ¿Refugiarme en mi burbuja y evitar que me hagan daño?
Ojalá alguna vez fuera yo la que hace daño a la gente, pero es una idea tan absurda que hasta me hace gracia.
A veces me gustaría ser una de esas chicas normales, que se esfuerzan y no lo consiguen, con un vecino friki pero cariñoso, que les gusta El canto del loco... alguien normal y corriente.
Estoy harta de poner el corazón en todo lo que hago... para que me lo rompan.
Amstel
Respiro. El frío del cristal entra en contacto con mi nariz. Las vistas se empañan... y dibujo un corazón en el vaho.
Es tarde, las calles están mojadas y mis botas llenas de barro. Aguila Amstel ha hecho su papel, mis amigos el suyo. Durante unas horas, he olvidado mi rutina y me he trasladado a ese mundo paralelo en que la única meta que tengo es reír, en que no hay competencia de ningún tipo, en que cada uno alcanza la felicidad cuando es su momento y no por adelantar a otro...
Sin embargo, ese mundo se desvanece al ritmo de mis pasos, que se encaminan hacia casa. Camino por las calles del Carmen. La plaza de la Virgen. La Plaza de la Reina... y entonces, en la Plaza del Ayuntamiento, tus ojos me miran desde un banco.
Unos minutos más tarde sigo caminando, por la calle Albacete, esa que hemos recorrido juntos tiempo atrás. Y entonces... al doblar la esquina me paro en seco. Mis ojos se abren, igual que mi boca, en un gesto de sorpresa e incredulidad... que da paso a una gran sonrisa. Esa. La sonrisa que sólo tú me sabes sacar mirándome con esos ojitos transparentes y sinceros.
El momento se me hace eterno... es como si me debatiera entre quedarme admirando la asombrosa casualidad de que estés allí; y abalanzarme sobre tí para no estar ni un minuto más sin abrazarte, sin acariciarte, sin besarte y decirte cuánto te echaba de menos.
- N, estás en la parra hoy eh...
Magnífico. Genial. Maravilloso.
Sigo caminando y tomo la calle Giorgeta. Ahí está mi portal, sombrío y desangelado.
-Nos vemos mañana, J -me despido con una sonrisa ausente.
El ensordecedor silencio de la soledad me acompaña por el rellano, iluminado por partes y largo, de esos en que se podrían tomar escenas de terror. Miro desilusionada los cristales. Sólo está mi reflejo, una chica que camina rápido hacia su casa. Nadie se esconde tras los pilares, para mi alivio y, a la vez, desilusión.
Giro la llave, y entro en mi somnolienta casa de puntillas. Ahí está mi habitación. Mi cama. Sonrío. Con esa sonrisa que tú sabes.
Con esa sonrisa que me sacas todas las noches, mientras duermo.
Alucino con la voz de Anthony Green. Más alternativo y experimental en Circa Survive, más agresivo y emocional en Saosin, y más suave y adorable en el disco que lleva su nombre.
El que algo quiere, algo le cuesta.
Experimentar... para poder avanzar. Experimentando se cometen errores, pero de ellos se aprende.
Tú sabes lo que es levantarse todos los días pensando en alguien? - oí decir a cierto chico hace años... en aquel momento deseé que así fuera. - Ojalá pudiera dejar de hacerlo.
En este momento, yo también desearía poder dejar de hacerlo.